miércoles, 23 de mayo de 2012

Hacíamos el amor en la tierra, éramos la tierra, dos animales siendo naturaleza en la consuma de lo que ha sido universal siempre y nunca. Dos cuerpos concatenados en torno al placer inacabable de lo imposible, se nos escapaban los instantes y tu bello pubis ensangrentado y con tierra de un negror inamovible se me esfumaba de las manos, no era mío, no era yo, lo apartaba y saboreaba, olía y juntaba contra mi burda carne sin éxito, seguías siendo tú, y a pesar de que eras mía, quería morir. Y pensé que estos pinos son demonios, y nosotros somos un tornasol, uno siendo dos en torno a la oscuridad del bosque y el frío lombrizudo de la tierra, la tierra que amenaza nuestras comisuras y que me pides que caliente en tu espalda. Maldita, maldita sea tu espalda y su absoluta y extraterrestre consistencia y ahora nada, la nada en la linealidad curva de tu cintura que resume el tiempo desde que es tiempo. ¡Maldita sea! Esta tierra que somos y que se inmiscuye en la penetración de la carne, maldita esta lluvia que quema, infernal yuxtaposición de gotas con los entes, desmembradas tras su encuentro con el abajo. Pero hacíamos el amor, serpenteábamos en el sinsentido del movimiento más animal y comíamos la tierra.  No necesitaba ver, mi piel era mis ojos y tú eras mi piel, y entonces toda la música del planeta se estrelló en mi hueso occipital, y el éxtasis de un orgasmo nacido de una paradoja causal y rebosante de irrealismo, y tus gemidos en blanco y negro y yo muriendo a causa de los barbitúricos que disolvimos en un beso. Entonces no soy una calle que odié, o feliz, soy lo que empieza a no ser y tú ya no eres, ya no eres maldita sea y no sufro porque no existe ya posibilidad de que seamos individuos, no, ahora somos dividuos, somos tierra, somos esta tierra que vomito, nos vomito.

sábado, 10 de marzo de 2012

No se me ocurre título más que éste

Soy cuerpo, cuerpo desnudo. Grácil espalda, pómulos imberbes, eurítmico pulso y corazón; altura panida y órganos. 

Soy existencia abrazada por piel, fluidos por doquier. Nada más.
No soy paños o papel, no soy grandilocuencia, no herrumbre  -que por ahora-.
Extremidades largas, saltos, posición materna en los límites de madera de mi habitación.

Una micción trillada, absorta de repetir. Coágulos de pesadez, de negrura, de atavismo.
Soy una voz, un aliento, una uña, pelos y cabello. 

Y es que no quiero ser más. Cargar con el desasno de lo ajeno, de lo impropio, de lo raído.

Un gran aserto el del monstruo del espagueti el de haberme dado forma tal.

Desagradable hubiere sido encontrarme siendo piedra, piorrea, o tal vez la numismática de un viejito aguardentero.



viernes, 13 de enero de 2012

Ideas sueltas sobre la colonización de Sur América



Este escrito no busca pontificar y dista de ser un texto de carácter científico, tal vez sea poco diciente y pobre. A fin de cuentas hablar y recordar un tema de esta magnitud no será nunca trabajo fácil y requerirá más que buenas intenciones y menesterosidad de justicia y redención. Intentaré, pues, hacer algunas reflexiones en torno a algunos sucesos históricos que llevan varias centurias cobijando las noches y los amaneceres nuestros, de los días y crepúsculos latinos.
Inicialmente se realizará una alígera contextualización de los eventos y situaciones relativas a la península ibérica de antes del hallazgo del nuevo continente, luego se citará un par de apartes de la amplia literatura existente sobre el tópico, para finalmente realizar algunos comentarios frente a lo que significó y significa para los pueblos latinoamericanos, estar signados por la espada y la armadura española.
El esquema económico del siglo XV en Europa, impuso y trajo consigo una nueva dinámica de relaciones y procesos sociales en el marco de sociedades sesgadas, gregarias y dogmáticas. La consolidación de los burgos y una nueva clase comerciante, consideradas como la antesala de una economía de dinámica capitalista aún hoy vigente; son elementos que aunaron y prepararon las condiciones necesarias para la expansión, con el comercio como piedra angular, del intercambio de mercancías. De forma paralela surge la necesidad de apropiación de recursos y mano de obra que permitiera un eficiente desarrollo económico. Es así como los españoles, con el ánimo de diseñar una ruta alternativa de transporte de especias y sedas procedentes de las Molucas o ‘islas de las especias’, por los azares del destino y la obstinación plausible del aventurero Cristóbal Colón, dieron con el paradero del enigmático, místico, hermoso, verde y camaleónico continente americano.
Fue en el año 1492, en las postrimerías de aquel siglo XV de convulsiones y contrarios en el que se fundieron dos civilizaciones humanas diferentes, me atrevería a decir que opuestas en muchos aspectos fundamentales que tuvieron tal vez génesis comunes pero que en algún momento del eterno devenir de la historia y del tiempo, se separaron y consagraron una disyuntiva de vida que tal vez las ubicara en posición similar a la de la materia y la antimateria. Colón murió sin percatarse del verdadero signo de su ruta, y así obvió en su tumba que sería recordado en las páginas de los anales de la humanidad como el hombre que permeó y dio cuenta a cada mundo de la existencia del otro; civilizaciones desarrolladas paralelamente a la sombra de sus convicciones y cosmovisiones, la una sin saber de la otra.
El primer contacto que recoge la versión oficial de la historia de la intrusión de los hombres de más allá del Atlántico en los lares de los extraños y oscuros habitantes de estas indias, se dio tras el atraco de los barcos prolijos de cruces católicas de la monarquía española en la pequeña isla de Guanahaní, ubicada en las Antillas, una de las tantas callosidades que conforman la Bahamas, no muy lejos de otra de las crucificadas tierras azucareras del continente, Cuba.
Fue éste el prólogo que consagró, a lomo de mula, sahumerio y evangelio, una de las historias más conmovedoras, coléricas, tétricas, belicosas e inhumanas de la historia universal de los hombres y mujeres del monte -que luego de la mina, que hoy de los marginados campos y las herrumbrosas ciudades-.
Veintiséis años después, comenzó la expedición española a la cabeza de Hernán Cortés, quien no vaciló ni medió palabra a la hora de tratar con los absortos indígenas, quienes contagiados por la magia de sus selvas, montañas y arrabales, hicieron analogía de su mitología con el cumplimiento de algún pronóstico de incierto signo; esta vez, completamente desafortunado.
De ahí para adelante, la historia, si bien puede descansar bajo el sesgo natural de los años, o de las intenciones contrarias a la veracidad de los hechos; puede ser resumida en sustantivos tales como absurda, ruin, estúpida, irracional, baladí, incorrecta. Es de conocimiento general la ignominiosa masacre llevada a cabo por los ibéricos en nuestras tierras.  Eduardo Galeano, en su libro Las venas abiertas de América Latina, (tan citado que fastidia) realiza una estimación que ubica el nivel demográfico del subcontinente, antes de la llegada de los españoles, en una aproximación a noventa millones de indígenas. Solo tardaron ciento cincuenta años en reducir esa cifra a tres punto cinco millones.
Suramérica se ubicó dentro de los planos europeos como un territorio con enorme potencial de dispensario. Oro, plata, azúcar, café, plátano, algodón, madera; recursos robados utilizando mano esclava, indígena y negra procedente de África. Hoy en día, uno de los países más pobres de todo el continente americano es Bolivia, pero no siempre fue así. En una de sus ciudades, Potosí, Galeano afirma que “en 1658, para la celebración del corpus christi, las calles de la ciudad fueron desempedradas, desde la matriz hasta la iglesia de Recoletos, y totalmente cubiertas con barras de plata”  no dista mucho de lo ocurrido en Villa de Ouro preto, en Brasil, la denominada ´potosí de oro´.
El saqueo fue abrumador, muchos afirman, claramente exagerando, que con los metales extraídos de Potosí hubiese sido suficiente para erigir un puente de plata que atravesara el Atlántico uniendo América con Europa. La raza indígena fue ultrajada y humillada; desmembrada y destruida. Una pequeña vista a la historia nos revela nuestras raíces raídas y escabrosas; una deuda con toda una serie de generaciones y con la tierra que fue violada.
En la celebración de los quinientos años del descubrimiento, (descubrimiento en términos del común, pues frente a la forma de llamar aquel encuentro entre culturas existe una controversia de amplia envergadura y de complejidad importante) el poeta argentino Armando tejada Gómez expresó su indignación en un poema de su último libro:

¿Qué hago con esta sangre de dos sangres?
¿Qué hago con el silicio que me habita?
¿Qué hago con estos pómulos de huarpe
y esta barba telar encanecida?
¿Y qué con mi memoria irreverente
que no quiere olvidar y que no olvida?
¿Y este idioma curtido a la intemperie
sobre el idioma muerto de mi raza?,
¿Con esta antigüedad de antigua piedra
y la genealogía de mis padres?
¿Qué hago con este polvo enamorado
de mi palabra nueva en tu palabra?
Madre de pueblos, loca y fundadora,
¿Por qué me habéis abandonado?
¿Dónde cayó el abuelo violador
que asesinó a mi abuelo milenario?
Y tengo que asumirte. Si te niego
seré el americano más cobarde.
Para saldar las cuentas del martirio
hay que aclarar las aguas.
Admitirte en la cruz del genocidio
y en la espada de sangre que es mi sangre.
Por las claras del día, madre ausente,
quiero verte la cara,
por trescientos millones de tu cría
y por quinientos años de olvidarnos.
De otro modo no vengas, si no vienes
a asumirte en la sangre de tu sangre.
Mis hembras han tejido en su paciencia,
telar continental, todas las sangres[1]

Y como la madre España invadió y corrompió indiscriminadamente los suelos suramericanos, los portugueses tuvieron que refrenar el actuar de sus circundantes. ¿Por qué? Pues, realmente no por humanismo, compasión o indignación frente a la barbarie primermundista; más bien por la embustería, avaricia e irrespeto común a ambos países europeos, pues, Juan II rey de Portugal no permitiría que frente a sus narices se explotara y liquidaran los recursos que tanta falta le hacían a Portugal.
Debido a la afrenta portuguesa y la constante sensación de malestar frente a la situación de reparto del botín, ambos imperios decidieron compartir y distribuir los usufructos de la empresa. Firmaron el tratado de Tordesillas.
Ocurrió un 7 de junio de 1494, en la hoy ciudad de Valladolid, al norte de España. Suscrito por los reyes católicos de España y Juan II de Portugal con el fin de evitar conflictos al margen de la explotación de las riquezas del territorio. ¿Qué implicaciones tuvo? Portugal asumió el control de los meridianos orientales, mientras que España de los occidentales. 
Si bien el tratado permitió la extirpación de cualquier cáncer en las relaciones de ambas naciones, éste no logró ni pretendió exorcizar las masacres y los crímenes de lesa humanidad que tuvieron lugar en este hemisferio, después de todo y según la iglesia católica, solo estábamos hablando de seres extraños, sin alma, y que no podían ser obra de dios, indios al fin y al cabo.




[1] Armando Tejada Gómez, poema «Telar de la sangre», en El telar del sol, 1992.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Rictus


Hacer siempre es problemático. La voluntad, el poder, la necesidad, concitan en función del movimiento, en busca del hacer.
El espacio y el tiempo, como marco de oro, de inaplazable intriga que emite señales de humo, hace. Nos incita el abandono y mi estado abstruso de menesteroso me impide el no hacer. ¿Qué hacer? Al parecer estamos condenados al movimiento, a un eterno devenir de situaciones nimias, prolijas; somos meandros del universo y su big-bang.
Todo se reduce a una dinámica giratoria, de cambio, de periódico y regular cambio. No tengo problema con ello, pero me aturrulla profundamente pensar que aquel movimiento compungido y de periplo talante esté allí siempre. Incluso en el silencio sempiterno de la tierra húmeda de las montañas se puede  percibir aquel raudal de cosas que son; no bastaría con pirarse bajo el agua, o camuflarse tras el miasma que dejan los coonatras; de nada serviría refugiarse. Vivo en medio de una ataraxia que me coacciona, me mantiene en vía de no desvirtuar este orden, este anguloso y carroñero esquema de cambios y existencias. Mis días son las pírricas extremidades de una escolopendra regordeta de engullir los rictus de la gente. Extrañamente, y no sé por qué, asumo a quienes me rodean como verdugos de mi moho, de mis fluctuaciones, del caldo grasoso y viscoso que soy.  Me encuentro en un pasillo de dimensiones enormes, soy epicentro, tornasol marchito, actor pasivo de una ordalía que nunca termina y que cada vez es más engorrosa, a la vez que graciosa.

Me consuela pensar que este movimiento, a pesar de su perenne injerencia, me conducirá tarde o temprano a nada. Aunque no tengo claro (aún) si la nada es también tácita hija del devenir, o si, como lo espero, pudo ésta exorcizar desde siempre al demonio de este eterno repitis y divorciarse completamente de las tentativas de un futuro posterior al futuro.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Der Mond

A veces pienso que el sol nunca se pone
Y que como simple hebdomadario esférico, me engaña con la luna.
Que entre aires de fratricida pendencia, el grácil y consentido frío
Torna el aire más ligero y cortante; mientras que
La para mí no baladí luna lucha a muerte constantemente
En las postrimerías del día con el vesánico glauco.
¿Quién será declarado por el hiperíón amalgama triunfante,
Digna de germinar tras su puesta?
Lo cierto es que los cielos que conversan con las montañas del Valle de Aburrá,
Como verdad de Perogrullo, hipnotizan el circuir
De hoscos y huraños con el nacimiento eurítmico
Del astro femenil, digno de ser llamado masculino por germanófonos.

viernes, 29 de julio de 2011

Hiperión- Friedrich Hölderlin.

 HIPERIÓN A BELARMINO. Volumen primero, libro primero, segunda carta.

No tengo nada de lo que pueda decir: esto es mío.
Lejos y muertos están mis seres queridos, y ya no hay voz alguna que me hable de ellos.

Mi negocio aquí en la tierra ha terminado. Emprendí la tarea pleno de voluntad, me desangré en ella, y no he enriquecido el mundo en un solo céntimo.

Desconocido y solitario vuelvo a mi patria y vago por ella como por un vasto cementerio, donde tal vez me espere el cuchillo del cazador, a quien nosotros los griegos somos tan del agrado como la caza del bosque.

¡Pero tú brillas todavía, sol del cielo! ¡Tú verdeas aún, sagrada tierra! Todavía van los ríos a dar en la mar y los árboles umbrosos sombrean al mediodía. El placentero canto de la primavera acuna mis mortales pensamientos. La plenitud del mundo infinitamente vivo nutre y sacia con embriaguez mi indigente ser.

¡Feliz naturaleza! No sé lo que me pasa cuando alzo los ojos ante tu belleza, pero en las lágrimas que lloro ante ti, la bienamada de las bienamadas, hay toda la alegría del cielo.

Todo mi ser calla y escucha cuando las dulces ondas del aire juegan en torno a mi pecho. Perdido en el inmenso azul, levanto a menudo los ojos al Éter y los inclino hacia el sagrado mar, y es como si un espíritu familiar me abriera los brazos, como si se disolviera el dolor de la sociedad en la vida de la divinidad.

Ser uno con todo, esa es la vida de la divinidad, ese es el cielo del hombre. Ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la Naturaleza, esta es la cima de los pensamientos y alegrías, esta es la sagrada cumbre de la montaña, el lugar del reposo eterno donde el mediodía pierde su calor sofocante y el trueno su voz, y el hirviente mar se asemeja a los trigales ondulantes.

¡Ser uno con todo lo viviente!  Con esta consigna, la virtud abandona su airada armadura y el espíritu del hombre su cetro, y todos los pensamientos desaparecen ante la imagen del mundo eternamente uno, como las reglas del artista esforzado ante su Urania, y el férreo destino abdica de su soberanía, y la muerte desaparece de la alianza de los seres, y lo imposible de la separación y la juventud eterna dan felicidad y embellecen al mundo.
A menudo alcanzo esa cumbre, Belarmino. Pero un momento de reflexión basta para despeñarme de ella. Medito, y me encuentro como estaba antes, solo, con todos los dolores propios de la condición mortal, y el asilo de mi corazón, el mundo eternamente uno, desaparece; la naturaleza se cruza de brazos, y yo me encuentro ante ella como un extraño, y no la comprendo.

¡Ojalá no hubiera ido nunca a vuestras escuelas! La ciencia, a la que perseguí a través de las sombras, de la que esperaba, con la insensatez de la juventud, la confirmación de mis alegrías más puras, es la que me ha estropeado todo.

En vuestras escuelas es donde me volví tan razonable, donde aprendí a diferenciarme de manera fundamental de lo que me rodea; ahora estoy aislado entre la hermosura del mundo, he sido así expulsado del jardín de la naturaleza, donde creacía y florecía, y me agosto al sol del mediodía.

¡Oh, sí! El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona, y cuando el entusiasmo desaparece, ahí se queda, como un hijo pródigo a quien el padre echó de casa, contemplando los misarables céntimos con que la compasión alivió su camino.

jueves, 28 de julio de 2011

"Nos engañaron ¡bye bye bom!"

"¡Nos engañaron con la primavera!" Nos engañaron nuestros sueños, nuestros más diáfanos deseos, la televisión y el libro; nos engañó el tendero y Gabriel García Márquez, la yerba mala y el reloj. Nos engañó esa ocarina, también la neurona y el átomo. Nos engañó ramplonamente la gallina clueca y el eucalipto; Nos engañó el asfalto y África. Nos engañó Bogotá, Cartagena y Leticia; nos engañó la internet, la educación y la almohada. Nos engañó el agua, el aire y los poemas. También me engañó usted, a sabiendas de que nunca engañé a nadie.

jueves, 7 de julio de 2011

Amanecer

En la honda noche universal
que apenas contradicen los faroles
una racha perdida
ha ofendido las calles taciturnas
como presentimiento tembloroso
del amanecer horrible que ronda
los arrabales desmantelados del mundo.
Curioso de la sombra
y acobardado por la amenaza del alba
reviví la tremenda conjetura
de Schopenhauer y de Berkeley
que declara que el mundo
es una actividad de la mente,
un sueño de las almas,
sin base ni propósito ni volumen.
Y ya que las ideas
no son eternas como el mármol
sino inmortales como un bosque o un río,
la doctrina anterior
asumió otra forma en el alba
y la superstición de esa hora
cuando la luz como una enredadera
va a implicar las paredes de la sombra,
doblegó mi razón
y trazó el capricho siguiente:
Si están ajenas de sustancia las cosas
y si esta numerosa Buenos Aires
no es más que un sueño
que erigen en compartida magia las almas,
hay un instante
en que peligra desaforadamente su ser
y es el instante estremecido del alba,
cuando son pocos los que sueñan el mundo
y sólo algunos trasnochadores conservan,
cenicienta y apenas bosquejada,
la imagen de las calles
que definirán después con los otros.
¡Hora en que el sueño pertinaz de la vida
corre peligro de quebranto,
hora en que le sería fácil a Dios
matar del todo Su obra!

Pero de nuevo el mundo se ha salvado.
La luz discurre inventando sucios colores
y con algún remordimiento
de mi complicidad en el resurgimiento del día
solicito mi casa,
atónita y glacial en la luz blanca,
mientras un pájaro detiene el silencio
y la noche gastada
se ha quedado en los ojos de los ciegos.

Jorge Luis Borges

sábado, 2 de julio de 2011

Sin título.

Como cuando uno se topa con un viejo amigo, no de forma deliberada, más bien diría yo por capricho del destino. Me reencontré con un viejo poema de mi niñez producto de una tarea escolar. No refleja genialidad alguna, tampoco es un escrito de gran profundidad; simplemente es un recuerdo vivo aunque intangible, que ha sobrevivido al ardid de los años. Has de preguntarte cuál es su relevancia, pues, tal vez sólo sea reconocible por mí. Me aventuro a pensar que es un elemento que se conserva intacto, una muestra inconfundible, inmortal, pura, de lo que alguna vez fui y que estoy absolutamente seguro no soy hoy; una muestra de una época feliz, hija de pensamientos pueriles y nulas vanidades, que reconozco como completamente preferible a cualquier otro estado del ser mientras ocupa esta humanidad.



Había una niña hermosa
con un sombrero amarillo
y un hombre a su lado estaba
fumandose un cigarrillo.

La niña al mirarlo
furiosa lo corrige
y el señor por este hecho
entonces la maldice.

La niña muy triste 
quiere irse ya,
pero entonces el señor
que muy arrepentido está
perdón ahora le pide
y así ella no se va.

Se vuelven amigos 
y juntos la pasan.
El señor el cigarrillo 
lo cambia por uvas pasas.

Al final del día 
cansados van a su casa
y contando esta historia
todo el día se la pasan.

Al día siguiente 
se ven en el parque,
y van a nadar
a un lindo estanque.
Pero un señor,
al verlos les dice:
el agua no saquen.


domingo, 29 de mayo de 2011

Breve resumen del libro -Liberalismo y democracia- de Norberto Bobbio.

En esta ocasión, el importante pensador político Norbetro Bobbio, aborda minuciosamente dos conceptos sobre los que aún hoy no se ha podido establecer consenso único: El liberalismo y la democracia.
Para Bobbio es clara la definición y relación equívoca de cada término, da cuenta por ejemplo, de la diferencia conceptual entre la libertad de los antiguos y de los modernos citando a Benjamin Constant  
“El fin de los antiguos era la distribución del poder político entre todos los ciudadanos de una misma patria: ellos llamaban a esto libertad. El fin de los modernos es la seguridad en los goces privados: ellos llaman libertad a las garantías acordadas por las instituciones para estos goces.”[1]
¿Por qué llamar liberal-democráticos a cierto número de regímenes actuales si tenemos en cuenta que desde las múltiples concepciones de igualdad, democracia y liberalismo son conceptos antitéticos? Es una de las preguntas con más peso en el texto. En virtud de lo anterior, Bobbio propone tomar como base los estamentos de la democracia de los antiguos, en cuanto que ésta no es totalmente compatible con la concepción de liberalismo de los modernos,  propone también un contraste histórico con los fundamentos de democracia en los modernos estableciendo que ésta es no sólo compatible con el liberalismo, sino que “puede ser considerada bajo muchos aspectos, por lo menos hasta cierto punto, como su consecuencia natural”. Lo anterior no sin antes imponer una condición: que se asuma el concepto democracia no de forma sustancial sino de forma procesal, entendiendo por ésta, una democracia meramente formal, interesada sólo en los efectivos mecanismos de ejercicio de soberanía por parte de los ciudadanos, sin prestarle importancia a los efectos materiales que ésta deba implicar (igualdad, justicia, etc.)
De esta forma, encontramos en el pensamiento de Bobbio un atenuante al conflictivo antagonismo entre los conceptos democracia y liberalismo, éste implica asumir democracia no como un ideal igualitario sino más bien como una fórmula política que permita el correcto ejercicio de la soberanía popular, así encontraremos entre ambos términos no una relación meramente antagónica sino una relación con atisbos de actividad recíproca, siendo la democracia un instrumento que permite salvaguardar derechos fundamentales base del liberalismo, al mismo tiempo que el liberalismo juega un papel metódico en aras de la salvaguardia de los derechos fundamentales para el funcionamiento de la democracia.
Bobbio mantiene una posición vinculante entre ambos conceptos y los Estados contemporáneos manifestando que “Sólo los Estados nacidos de revoluciones liberales son democráticos y solamente los Estados democráticos protegen los derechos del hombre: todos los Estados autoritarios del mundo son a la vez antiliberales y antidemocráticos.”
El autor menciona dos teorías a partir de las cuales pretende dar cuenta de un punto de confluencia entre los conceptos democracia y liberalismo: El organicismo y el atomismo. El organicismo, mencionado por primera vez por Aristóteles en su metafísica, denota que “El todo es mayor que la suma de sus partes”. El atomismo, del que Bobbio resalta el pensamiento de Thomas Hobbes, asume a los individuos como separados los uno de los otros sólo por sus pasiones aunque unidos en común acuerdo en una sociedad política para huir de la destrucción recíproca. Norberto asume el atomismo como el epicentro base de la dicotomía liberal-demócrata, reconoce en el individuo un punto de partida fundamental; esto en términos de Aristóteles equivaldría a su tan mencionada homonimia Prós hén (que tiende a algo) en la que el ser se dice equívocamente pero siempre con referencia a la ousía (sustancia). [2]
Al hablar de una relación entre democracia y liberalismo es casi menester explanar terrenos pertenecientes a conceptos un tanto más apartados, a saber, que para algunos existe relación no sólo entre liberalismo y democracia sino también entre liberalismo y socialismo (Se trasciende la “etapa” de la democracia instaurándose de esta forma una especie de socialismo ligero); como contraparte acuden aquellos que identifican una relación estable entre Democracia y socialismo (Aquí el liberalismo es superado por la democracia que es complementada, sin ser dejada atrás, por un socialismo ligero)
Empero, Bobbio no desconoce los peligros de la democracia enunciados por hombres como Tocqueville y Stuart Mill, pudiendo ésta devenir en lo que nombraron como tiranía de la mayoría 
 "la sociedad puede ejecutar, y ejecuta, sus propios decretos; y si dicta malos decretos, en vez de buenos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no debería mezclarse, ejerce una tiranía social más formidable que muchas de las opresiones políticas, ya que si bien, de ordinario no tiene a su servicio penas tan graves, deja menos medios de escapar a ella, pues penetra mucho más en los detalles de la vida y llega a encadenar el alma."[3]
Norberto Bobbio esclarece de forma contundente la cuestión, quién más pertinente que aquel filósofo con conocimientos sobre política y derecho, testigo las vicisitudes de casi un siglo de ardid humano, una gran figura que enmarca las contingencias del fascismo, el comunismo y, aunque en menor medida, del capitalismo.




                                                 
[1] B.Constant, De la liberté des anciens comparée á celle des modernes  (1818), en Collection compléte des ouvrages, vol. IV, parte 7, p. 253.
[2] Aristóteles, Ética Nicómaco, Libro IV, capítulo segundo.
[3] John Stuart Mill (1806-1873), “The Contest in America.” Harper's New Monthly Magazine, Volumen 24, Entrega 143, página 683-684. Harper & Bros., Nueva York, Abril de 1862. . Traducción por Wikipedia.